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Cristóbal Colón

"Los Indios son la mejor gente del mundo y la más sana. Aman a su prójimo como a sí mismos, son fieles y sin codicia e lo ajeno" (Cristóbal Colón).
El visitante desprevenido encontrará siempre en esta legendaria parcela una energía y una vibración especiales. Por algo dirían los sabios cronistas que este inmenso valle boyacense sirvió, en tiempos remotos, como plataforma de aterrizaje para numerosas naves interplanetarias.
Mucho antes del arribo depredador de los españoles y su desaforada ambición de oro y de princesas nativas, esto era un paraíso. Y lo sigue siendo, si se comprende su término en el valiosísimo legado que nos dejaron nuestros antepasados en todas las artes y ciencias, entre ellas las de la agricultura y la astronomía.
No en vano se registra en la verdadera historia patria colombiana -no en la de los señores chapetones-, que la de los Muiscas fue una de las grandes culturas precolombinas que habitaron este mágico territorio, que hace alrededor de 150 millones de años era un mar de aguas procelosas, infestado de temibles y gigantescos dinosaurios.
Lo que en el turismo de boca en boca se conoce como El Infiernito, no es otra cosa que el Parque Arqueológico de Moniquirá o la Estación Astronómica Precolombina Muisca, ubicado en el desierto de Villa de Leyva, a 20 minutos del casco urbano.
Los aborígenes lo acogieron como su Observatorio Astronómico, y estaban en lo cierto, porque creo entender que desde este lugar es donde mejor se observan las constelaciones y las estrellas, sobre todo en noches estivales bajo el plafondo limpio de esta comarca maravillosa.
Los datos biográficos sustentados en minuciosos estudios arqueológicos subrayan la extraordinaria particularidad de este parque, donde se haya un conjunto de columnas labradas en piedra, con una antigüedad aproximada de 3 mil años, época en la cual, se cree, se erigieron templos de planta circular tallados en piedra, lo mismo que tumbas de tipo dolménico, al tiempo que estaciones astronómicas y meteorológicas.

COLUMNAS FÁLICAS

Hacia el año de 1840 se calculó una cifra de 150 columnas o tótems de forma fálica, que fueron disminuyendo con los eventos históricos que precedieron a la Conquista española, las guerras civiles y los fenómenos y variaciones de índole climático y geológico.
En esta área se encuentran columnas dispuestas en sucesión regular con un tamaño de 1.80 mts de altura por 35 a 40 cm de ancho, en promedio.
Los espacios entre ellas dan paso a la luz y permiten la formación y movimiento de sombras, las cuales según su posición daban a conocer el comienzo del verano o invierno y la aparición de eventos tales como la culminación del Sol en el cenit, solsticios, equinoccios, eclipses, etc., punto de partida para la siembra y la fertilización de sus productos agrícolas.
Los estudiosos señalan que en su construcción debieron tomarse en cuenta puntos naturales fijos como la laguna de Iguaque y marcas en el horizonte como la aparición de las pléyades. El número de columnas de cada una de las alineaciones responde seguramente, a un código de referencia o calendario, relacionado con el ciclo de algunos eventos y fenómenos astronómicos, como los eclipses.
Los nativos adoraban el falo como símbolo de la fecundidad, la procreación y la sagrada simiente de la tierra, de ahí que la mayoría de sus construcciones conservan esta forma de la sexualidad masculina, que en este valle, 'El Infiernito, aparece representada en monumentales
monolitos, cargados de fuerzas trascendentales y valores mágicos y virtudes, que se erigían para ser consagrados y para rendir culto a sus deidades.
Estas columnas alineadas constituían el centro de observación, análisis y estudio de carácter astronómico, además debían ser el centro de prácticas de ritos y cultos en honor al Sol. Los nativos pensaban que la desaparición instantánea de la sombra del astro rey en ellas era señal de que el astro lumínico se antropomorfizaba y descendía a la tierra para fecundarla.
El sol, la luna, el fuego y la luz, a los ojos de varios pueblos latinos, aparecen provistos de poderes sobrenaturales especiales.

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EL LENGUAJE DE LA PIEDRA

La piedra ha sido el idioma de las grandes culturas: se ha empleado para lo que se considera permanente y eterno elemento de expresión artística, religiosa y mágica de los pueblos amerindios.
Fascinados por la belleza del cielo estrellado, los Muiscas se entregaban a la contemplación de las siete beldades celestiales, hijas de Atlas y de Pléyade, cuya hermosura hizo necesaria que los dioses, para protegerlos del mítico e inquieto cazador, Orión, las transformaran en estrellas, y las enviara a la constelación que lleva su nombre. En el territorio colombiano la evidencia arqueológica monumental que perdura hoy, es exigua al compararla con los numerosos y espléndidos vestigios existentes en regiones arriba mencionadas, y a esto se le suma que son muy pocos los hallazgos arqueológicos con valor astronómico estudiados científicamente.
Las causas de la ausencia de elementos arqueoastronómicos no son del todo claras, algunas de las que colaboran para que se presente este hecho es que las culturas precolombinas asentadas en estos territorios basaron su cultura y desarrollo en la madera, elemento que no perduró hasta nuestros días principalmente por sus características materiales y por la inmensa destrucción ocurrida durante los tiempos de la conquista y la colonia, así como la censura aplicada por la corona a los escritos de los misioneros con respecto a las creencias y conocimientos indígenas.
Los primeros datos que se tienen sobre el conocimiento astronómico de los Muiscas, comunidad indígena que pobló el vasto territorio del altiplano cundiboyacense, cuyo mayor y más interesante vestigio se haya en esta zona conocida con el nombre de 'El Infiernito', llamado así por que en épocas de mitad y de final de año, el calor es abrasador.
Este Parque Arqueológico es motivo de peregrinaje y admiración de decenas de turistas nacionales y extranjeros, que llegan en romería en temporada de vacaciones y puentes festivos, y que no se van sin dejar impresa una placa fotográfica al lado de las enormes piedras de estructura fálica.

ALDEAS Y CACICAZGOS

De acuerdo a investigaciones y estudios realizados por el antropólogo Carl Henrik Langabek, los Muiscas estaban organizados en cacicazgos formados por pequeñas aldeas compuestas por bohíos y parcelas agrícolas y al mando de un cacique.
Este patrón de organización social les permitió diversificar de manera sorprendente su agricultura, ajustándola a las variadas condiciones ambientales existentes.
Dicha región se caracterizaba por la gran diversidad de nichos ambientales ubicados en un espacio relativamente limitado, lo cual fue aprovechado por los nativos para obtener una variadísima producción agrícola. Esta multiplicidad se daba en el territorio de cada cacicazgo, que llegaba a tener labranzas en tierra templada o de páramo, a las cuales se desplazaban en temporadas de siembra y de cosecha, para regresar luego a las tierras frías donde tenían su hábitat permanente.
En los páramos se intensificó el cultivo de tubérculos de altura, principalmente chuguas, ibias y cubios. En los valles interandinos se centralizó el cultivo de maíz y papa, en tanto en las zonas de clima templado había sembrados de maíz, yuca, batatas, ahuyamas y árboles frutales.
De acuerdo con datos de archivo, el maíz fue el producto alimenticio más popular, debido, sin duda, a sus cualidades nutritivas, al uso de sus granos tanto verdes como maduros, a su adaptabilidad a diferentes pisos térmicos y a su facilidad para el almacenamiento, siembra y cosecha.
La disponibilidad de parcelas en diferentes pisos térmicos les permitió también variar su dieta alimenticia y obtener cosechas durante todo el año escapando así a los inconvenientes de una agricultura sometida a las heladas y granizadas.
Cada cacicazgo contaba entonces con una producción agrícola variada y abundante que permitía autoabastecerse en las necesidades alimentarias básicas y producir excedentes de comida, disponibles para el intercambio: maíz, papa, ají, yuca, piña y cubios se intercambiaban por oro, sal, mantas, principalmente.
Pero los cacicazgos no eran solamente autosuficientes en productos agrícolas, sino también en proteínas provenientes de la pesca y la caza, actividades generalizadas en todo el territorio Muisca.
Igualmente, cada uno producía utensilios necesarios para el trabajo en los distintos campos.
Gracias al alto grado de especialización y diversificación, los cacicazgos pudieron superar sus límites territoriales expandiéndose mediante el trueque, realizado en las ferias y mercados.
Los más concurridos eran los de los caciques de Tunja, Duitama y Sogamoso; de menor importancia eran las ferias de Chocontá, Fusagasugá, Pasca, Saboyá, Sorocotá y Tinjacá, así como las de los centros productores de sal y coca, entre otros.
Eran ferias que no estaban abiertas a la participación indiscriminada de cualquier tribu. La participación se hallaba restringida a los grupos de lengua chibcha que habitaban la cordillera Oriental.
Los muiscas respetaban una territorialidad lingüística, cultural, más que geográfica o regional y esa variable cultural definía las características de sus actividades territoriales y agrícolas.
Los muiscas también destinaban las aves al sacrificio y usaban las plumas para decorar santuarios o como adorno personal. Muchas veces los españoles denominaron los templos indígenas 'casas de plumerías' y, aún en 1595, los funcionarios de la corona encontraron que los habitantes del altiplano persistían en el uso ritual de las plumas provenientes de tierras bajas. En esta Estación Astronómica Precolombina Muisca, se encuentra el diseño que los nativos utilizaban para determinar y planificar el tiempo justo y prudente de sus siembras y cosechas.
Eran sabios en estas artes de la agrimensura que aprendieron de sus dioses y, por qué no, de legiones interplanetarias.

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