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Salto del Tequendama

Está localizado a 30 km. de Bogotá. Es el lugar donde el Río Bogotá tiene una caída de 132 metros. En el Salto predomina una roca redonda esplendorosa la cual, está casi siempre cubierta con neblina y le da una vista espectacular.
Todo el país tiene sus peculiaridades especiales y sus bellezas, que permanentemente suelen destacarse en mostrarios de nuestro país a nivel internacional. Así, al viajero visitante de Alemania en la edad media, para estudiar la naturaleza, probablemente se le habrían señalado como los puntos más interesantes tanto los glaciares de los Alpes como el salto del Rhin cerca de Schaffhausen y las cuevas de las montañas secundarias.
El gran milagro de la naturaleza colombiana lo constituye el Salto del Tequendama, formado por el río Funza a poca distancia de su salida de la sabana de Bogotá. Del Tequendama, el colombiano suele ufanarse tanto como lo hace el norteamericano del Niágara, tomándose por ofensa personal el atrevimiento de comparar el Tequendama con otros saltos, al paso que se acostumbra registrar con esmero toda voz que lo califique de superior a aquel. No obstante hay en Bogotá muchos representantes de las clases superiores que, habiendo pasado toda su vida en Bogotá, nunca han visto el Tequendama, a pesar de tenerlo al alcance, en viaje de fácil realización, en medio día de ida y otro tanto de regreso.

 

Resalta pues que aquella alabanza no está inspirada por la admiración hacia la naturaleza, sino por la vanidad y ansia de gloria nacionales.
Así que en las visitas siempre con mayor número de participantes que se realizan al Salto, a este apenas suele dedicarse un fugaz vistazo, produciendo cada visita, no obstante, por lo menos una glorificación poética.
Preferible es la salida de Bogotá en las horas de la tarde para pernoctar o bien en Soacha o en Puerta Grande y así estar en la meta a las horas matinales del día siguiente.
Tan solo así habrá posibilidad de gozar sin estorbos de vista tan admirable, en tanto que cerca de las nueve horas una densa niebla suele empezar a levantarse para envolver el objeto de nuestro encanto.
El camino a Soacha va a través de la sabana, en esta parte caracterizada por su esterilidad y tristeza. Es en Soacha donde hemos de resolver si deseamos acercarnos al Salto por la derecha o por la izquierda.
En el primer caso nos quedaremos para pernoctar y seguir a la mañana siguiente nuestro viaje por Canoas, cruzando allí el río Funza por un puente. De lo contrario, seguiremos luego de Soacha a Puerta Grande, hacienda con hospedaje, situada a tres cuartos de hora de distancia, al sur de Soacha.
En mis tres visitas realizadas al Salto, me he asomado una vez por la derecha y dos veces por la izquierda; basado en esta experiencia, puedo afirmar que el primero de tales caminos de acceso para mí merece la preferencia en cuanto a la mayor belleza de su paisaje, en tanto que por el segundo me siento más preparado para orientar al lector. El recodo de Soacha termina hacia el sur en una especie de cabo estrecho que a unos seis kilómetros de distancia de la población del mismo nombre abarca las haciendas de Puerta Grande y Tequendama.
Sin motivo explicable a raíz de la formación del recodo, el río Funza sorpresivamente abandona su curso de dirección norte-sur para volver hacia el oeste y, abriéndose brecha a través de la cadena de montaña baja que la bordea, abandona la sabana. Hasta ahora inerte, el río, comparable en volumen al Elster cerca de Leipzig, se vuelve bramador, alternándose dos veces los trayectos de cataratas con otros de corrientes más tranquilas. A distancia de unos cinco kilómetros de la sabana observamos terrazas a lado y lado del río, indicativas de un nivel más elevado del lecho fluvial en tiempos antiguos, nivel que los torrentes del mismo río se han encargado de bajar.
Adelante de la hacienda Cincha situada sobre la terraza izquierda, encontramos una mina de carbón en explotación.

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Rugidos sordos nos anuncian la cercanía del Salto, y, persiguiéndolo con los ojos, de pronto vemos desaparecer el río en un despeñadero estrecho.
Ya no tardamos en pararnos sobre la roca que le sirve de trampolín, observando las concavidades impresionantes que las aguas a su paso ininterrumpido han ido tallando en ella.
Y ahora nuestra vista está abarcando el primer escalón, de unos diez metros de profundidad, de la precipitación de las masas de agua, al tiempo que de su caída mayor aparece apenas la espuma de su tercio superior, quedando oculto lo demás. Solo en la parte de más abajo volvemos a divisar el río escapando con bramido al fondo del precipicio, cuyas paredes rocosas casi verticales tan solo acá y allá dejan piso para un árbol.
Están compuestas por bancas horizontales de arenisca alternada con esquisto arcilloso (no de piedra calcárea como erróneamente dice Humboldt), bancas que a los pocos metros del Salto se encuentran con carbón de piedra, combinándose así las ventajas más prosaicas con la poesía del paisaje.
La escasa distancia entre los bordes superiores del precipicio se mantiene por varios kilómetros todavía, lo mismo que su altura observada a la cabeza del Salto, para luego empezar a alejarse e ir en declive. La vista más impresionante del Tequendama se ofrecerá ahora desde su lado derecho, a medio kilómetro más o menos hacia abajo, ya que desde allí es desde donde se pone de relieve el Salto en todo su esplendor.
Fácil sería construir un puente de madera pocos minutos arriba del salto, para poder cruzar el río en un trayecto de aguas tranquilas, para comodidad de los amigos de la naturaleza, hoy obligados a gastar dos horas largas para volver a cruzar el puente de Canoas en el empeño de asomarse al Salto por su lado opuesto.
Pero a falta de una asociación colombiana de amigos de la naturaleza, esta idea por ahora quedará sobre el papel.
Con el uso del solo puente de Canoas ni siquiera sería posible admirar el Tequendama de un lado por la mañana y del otro por la tarde, ya que desde las 9 a.m. los vientos que suben del valle empiezan a correr la cortina de densa niebla.

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Para determinar la altura del Salto numerosas mediciones se han ensayado, hasta el extremo de considerarse en Bogotá tarea ineludible para el viajero científico la de hallar esa medida.
No es cosa fácil, pues, convencer a los colombianos de que la diferencia de unos cuantos metros carece de importancia, habiendo, por otro lado, maneras de aplicar el tiempo requerido para la medición en forma mucho más provechosa.
Por mucho tiempo la estimación de la altura se ha excedido bastante de la realidad, la cual es de 146 metros de acuerdo con las mediciones más fidedignas, vale decir dos metros más que la catedral de Estrasburgo.
Pretender comparar el Tequendama con los saltos del Rhin o el Niágara sería insensato, ya que en estos no es la altura sino la inmensa masa de agua en su caída lo que admiramos.
Por cierto, el salto de agua pulverizada baja de mayor altura, pero a la vez en un hilo más delgado, de suerte que la impresión causada es bastante inferior.
Entre los saltos conocidos, son únicamente los Yosemite los que combinan una altura todavía mayor con igual volumen de agua.
Pero la categoría extraordinaria que ocupa el Tequendama —u ocupaba hasta cuando la barbarie consiguió destruir aquel rasgo ventajoso— se basa en el panorama sobremanera encantador de su paisaje, con la exuberante vegetación tropical. Tanto los colombianos como muchos viajeros extranjeros suelen pretender que el Tequendama va abalanzándose de la tierra fría a la caliente, tal vez creyéndose respaldados por la fama de Humboldt cuando este en su pequeña composición sobre la sabana se refiere a los robles presentes en la cabecera en contraste con las formas tropicales de la vegetación encontradas al pie del Salto.
Tomado de Viajes por los Andes colombianos (1882-1884). El Salto de Tequendama. Su fama. El camino de ida. La vista del Salto. Altura. La vegetación. Su origen escrito por Alfred Hettner.

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